DOI: RG.2.2.25351.16805
Empiezo a escribir estas líneas mientras me doy cuenta que no pasa un solo día en que no piense en Hugo Afanador y su obra, porque es imposible desvincular a don Hugo de lo que hace, no solo de su dramaturgia sino también de su dirección y de su actuación, porque Afanador es realmente un animal del teatro, de esos que están en vía de extinción. Él vive el teatro y muere, con seguridad, si no lo hace. Hugo termina siendo un personaje tan complejo como sus obras y, quienes lo conocemos, sabemos que cada palabra, cada letra y cada texto, muchas veces repetido dentro de sus obras, tiene la misión de ser una lanza certera a la “choca” del espectador. El teatro que hace Hugo es para ponernos a pensar, nada esta masticado.

Verlo escribir puede resultar un desastre, cada obra que escribe va en beneficio de la industria de las servilletas en Colombia, cuando se decide a realizar una de las miles de ideas que le rondan en la cabeza, empieza a plasmar ideas, diálogos, bocetos y lo que se le ocurra en las servilletas que va encontrando por el camino y ahí empieza la anarquía en el teatro de la que tanto habla y que muchas veces no entendemos. Para mí se trata de un acto de creación permanente, se pone inquieto, saca una de las servilletas del bolsillo y empieza a darle vueltas mirando los garabatos que plasmo el día anterior mientras almorzaba, con una mujer, regularmente, luego la guarda y se va a regar las matas del teatro. No se sabe lo que pasa por su cabeza. Luego viene, echa un chiste y se va. Así por varios meses. Finalmente compra un cuaderno y empieza a escribir la obra.Ese cuaderno solo se ve el día en que lo compra porque desde ese momento las servilletas, el cuaderno y don Hugo se vuelven uno solo en su casa. En ocasiones pregunta por alguna servilleta que no encuentra, entonces es cuando la anarquía adquiere más sentido, puesto que aunque son muchas y no están organizadas, él sabe cuántas tiene, lo que hay en cada una de ellas y el valor que tienen en el proceso.
Para ese momento ya tiene claro quiénes serán sus secuaces y su rol en la puesta. Después de la aparición del cuaderno la obra llega, relativamente rápido. Digo relativamente porque los tiempos de la creación, para don Hugo, son expresamente del fuero del creador y su obra, por lo que no corresponde a tiempos determinados, ni siquiera por la organización de su propio teatro, otra dosis de anarquismo. Comienzan los ensayos y él empieza a tratar de aprenderse la letra, lo único que no le parece fácil de hacer teatro. meses después llega el estreno. La escenografía esta lista un par de semanas antes, el vestuario ya esta hecho y los detalles que faltan son los del vestuario de Hugo, que busca darles un toque personal, pero no suyos si no del personaje.
Conozco a don Hugo desde hace mas de diez años, he sido su amigo, he montado algunas de sus obras, lo he dirigido y lo he leído, nunca he tenido la oportunidad de estar en uno de sus ensayos, aunque me encantaría. Eso es porque es receloso y, sobre todo, respetuoso con el proceso de creación, tanto el suyo como el de los demás y sabe que nadie debe opinar sobre el proceso de una obra, ya después de estrenada pueden decir lo que quieran.
Como dije al principio es imposible desvincular a Hugo Afanador de su obra y por eso empecé por hablar de él. Ahora bien, me pidieron que escribiera sobre la obra de Hugo, entonces, a la tarea.
La amistad, Colombia, el comportamiento del colombiano, el conflicto entre el ser y el hacer, el M19, la toma del palacio de justicia, Simon Bolívar y su ilusión de un país, los ejes de dominación culturales y mentales del colombiano, el hambre, la desigualdad, los desaparecidos y muertos de ayer y de hoy y nuestras raíces, son algunos de los temas que aparecen constantemente en la obra de Afanador.
Un par de amigos en un paradero de bus, el uno piensa que es de mañana y el otro que es noche. Dos familias de vampiros buscan casar a sus primogénitos, él sin pipí y ella ninfómana. Una pareja que finge casarse minutos antes de la toma del palacio de justicia. Bolívar huyendo por el río grande acompañado por un personaje de otra época. En fin, presidentes, profesores, monjes, personajes carnavalescos que viven en la obra de Hugo y que siempre se encuentran en crisis existenciales provocadas por momentos críticos de sus realidades, realidades que no son otras que las que los colombianos tratamos de evadir en nuestro día a día.
El conflicto se lee primero desde los personajes que están en un momento critico del que normalmente no son conscientes y que se enfrentan entre ellos por nimiedades que los van llevando a mostrarse como monstruos egoístas, que solo buscan su propio bienestar, su propia tranquilidad, usan al otro solo como excusa para sentirse humanos, pero en realidad lo único que quieren es estar tranquilos y que la vida siga sin contratiempos, reniegan de la existencia, luchan contra las fuerzas externas que los traen a esos lugares sin sentido, en muchas ocasiones entran en pánico y ese sentimiento los deja ver como realmente son. Esa es la primera forma de conflicto, la que muestra a personajes que se enfrentan entre sí por estar mejor, sin que les importe el otro pero necesitándolo. Es un conflicto anárquico, se manifiesta de formas distintas, mucha veces no hiladas. Y este conflicto es el que normalmente produce risa y desconcierto en el público, pero que a su vez lo va llevando al segundo estadio del conflicto, para mí el mas importante de la obra de Afanador. A medida que van avanzando las obras, los personajes dicen o hacen cosas que remiten al espectador a su propia realidad personal o política (a la realidad concreta compañero) y es cuando el espectador se empieza a sentir identificado, molesto, evasivo, triste, alegre pero, sobre todo, es cuando empieza a pensar en que lo que le están diciendo no es algo unívoco, no es un chiste superfluo, tampoco es una maraña de sofismas. Por el contrario se va dando cuenta de que la coherencia de esos textos, muchas veces inconexos, es su propia responsabilidad, que la obra se construye realmente en su cabeza y que el sentido se lo da él mismo, es una construcción individualista, o mejor, anarquista, puesto que tan solo depende de la cosmogonía de quien lo ve y su capacidad de asociación. Ese es el segundo conflicto que vive en las obras de don Hugo, el que se da en la cabeza del público y que es el que hace que la obra exista más allá del Centro García Márquez “EL ORIGINAL”.
Así como los colombianos, las obras de Hugo siempre están impregnadas de un componente tragicómico o mejor carnavalesco, en ellas siempre se encuentran la fiesta y la muerte conviviendo, la fiesta se enluta y la muerte se enfiesta, son obras vertiginosas que navegan entre el eros y el tánatos, los personajes viven en un purgatorio en el que no saben si están vivos o muertos, en el presente o en el futuro. Extrañamente no recuerdo una en la que sospechen que están en el pasado, aunque sus recuerdos no los dejen vivir en otro tiempo distinto al pretérito y tampoco se dan cuenta de eso. En otras ocasiones los personajes del pasado se encuentran con los del presente pero ninguno de los dos lo sabe, simplemente asumen su condición y siguen “adelante”, una prueba más del comportamiento del ser humano que, como dice Afanador, se comporta como una polilla.
Solo cuando las obras son dirigidas por Hugo adquieren sus verdaderos matices, los que las hemos puesto no logramos llegar al fondo de lo que él quiere decir, rasguñamos algunas cosas pero nunca tocamos su verdadero significado. Cuando él las hace vemos una explosión de color y movimiento, vértigo que surge de los afanes de los personajes por entender lo que les ocurre. Una balsa, un pasillo que refleja a los personajes, un paradero y una calle que conduce al mismo paradero, la sala de una casa en pleno 9 de abril del 48 o en el futuro tras un desastre aéreo, un lugar en el espacio sideral o una de las carabelas de Colón, son espacios que representan un pedacito de lo que somos los colombianos y que cuando son puestos por Afanador adquieren múltiples significados. Ahora que lo pienso, se podría escribir un libro entero sobre las obras de Afanador pero en resumen solo les puedo decir que la obra de Hugo es la obra de un perro de la calle 13, un hombre que va y viene por las calles bogotanas y que llega a su guarida en la calle 13 con 3ª (hoy calle 12B) después de haber saludado a todo el barrio y se encierra a hacer un teatro único: El teatro de los del García.